Dignos de ser humanosFUHEM

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Lectura Recomendada

Rutger Bregman, Dignos de ser humanos, Anagrama, Madrid, 2021, 528 págs.

Reseña de Diego Escribano Carrascosa publicada en el número 157 de la revista Papeles de Relaciones Ecosociales y Cambio Global.

Rutger Bregman es un autor que sueña con ambiciosas transformaciones sociales. En su anterior obra publicada en castellano defendía la renta básica universal, jornadas laborales de quince horas semanales y un mundo sin fronteras. En este último libro anticipa, desde el primer capítulo, una idea radical, una idea «que, a lo largo de la historia, ha inquietado a gobernantes y han rechazado ideologías y religiones.

Una idea que ignoran sistemáticamente los medios de comunicación y se ha borrado de los anales de la historia» (p. 21). Una idea que «podría desencadenar una revolución y conducir a una forma completamente distinta de organizar la sociedad» (p. 21).

La idea no es otra que la convicción de que la mayoría de las personas son buenas.

El autor afirma que «hay pocas ideas que tengan una influencia tan decisiva en el mundo como nuestra imagen del ser humano.

Lo que damos por supuesto en los demás es lo que acabamos encontrando en ellos» (p. 30) y, sin negar que existe un lado malo en cada persona, afirma en base a evidencia científica que «sería más realista tener una imagen positiva del ser humano (…) convencido de que esa imagen positiva sería más realista aún si creemos de verdad en ella» (p. 30). En esas dos ideas radica buena parte del valor del libro.

Más aún si compartimos su muy sugerente afirmación de que «defender la bondad del ser humano es enfrentarse a los poderosos del mundo, porque, para ellos, una imagen esperanzadora del hombre es una amenaza, algo subversivo y sedicioso. Aceptar esa idea implicaría que no somos seres egoístas que han de ser controlados, regulados y domesticados desde arriba» (p. 41).

Bregman señala que uno de los sesgos más presente en los humanos es su mayor sensibilidad hacia lo negativo frente a lo positivo, «sesgo de negatividad» que se ve reforzado en nuestros días por las estrategias de empresas como Facebook, Twitter y Google que «saben qué tipo de noticias nos impresionan más, porque tienen datos muy precisos de todo lo que vemos en nuestras pantallas, y saben cómo retener los anuncios más lucrativos para las cuentas de sus empresas» (p. 36).

 Uno de los sesgos más presente en los humanos es su mayor sensibilidad hacia lo negativo frente a lo positivo, «sesgo de negatividad»

Avanzado el libro, a partir de un caso real, el autor tratará de desmontar las funestas ideas sobre la condición humana que sirvieron de arranque al argumento de la novela El señor de las moscas. Cuestionará el rigor de conocidos experimentos psicológicos y de influyentes obras, clásicas y recientes, sobre la violencia en la historia humana. Desmontará incluso las ideas generalizadas sobre la muerte de Catherine Susan Genovese, extrayendo el aprendizaje de que «una imagen retorcida del ser humano» (p. 229) es aprovechada muchas veces por los medios de comunicación con fines sensacionalistas, a costa de la verdad.

No se eluden tampoco las inevitables referencias a Hobbes y Rousseau: «Hasta el día de hoy, Hobbes y Rousseau son los padres primigenios de conservadores y progresistas, realistas e idealistas. Cuando un idealista aboga por mayor libertad e igualdad, Rousseau escucha en actitud aprobadora. Y cuando un cínico protesta y arguye que esos impulsos solo pueden avivar la llama de la violencia, Hobbes asiente satisfecho» (p. 71).

El libro hace un recorrido por la evolución humana, así como la influencia de los procesos civilizatorios. Destaca que la aversión humana respecto a la violencia lleva a evitar emplearla incluso en situaciones límites y relaciona esa aversión con el trauma persistente sufrido por personas que la han ejercido. Atribuye a la solidaridad entre personas de un mismo grupo un peso decisivo en el uso de violencia y recuerda, como sesgo que determina la amplitud de círculos de empatía, que los seres humanos somos animales sociales que «nos sentimos atraídos por aquellos que más se parecen a nosotros» (p. 101). De igual manera, presenta ejemplos de empresas y centros educativos basados en la confianza en las personas, en el acompañamiento y no en el control. Se defienden los presupuestos participativos como herramienta de inclusión y la importancia de los bienes comunes, puestos en valor por la politóloga Elinor Ostrom en su revolucionaria obra El gobierno de los bienes comunes.

A partir de ahí, Bregman defiende una radical transformación del sistema penal señalando que, frente al encarcelamiento masivo en Estados Unidos, «los datos demuestran que el modelo noruego es mejor, más barato y más realista» (p. 391). En general, rechaza las políticas públicas de seguridad basadas en concepciones sombrías del ser humano. Pone en valor la respuesta noruega tras la masacre de 2011, defendiendo que «responder con más democracia, más aperturismo y más humanismo no es nada fácil. Al contrario, lo fácil es usar un lenguaje amenazador, vengarse, cerrar las fronteras, lanzar bombas y dividir el mundo en buenos y malos» (p. 388).

Bergman enfatiza en Dignos de ser humanos que, ya en los años 50, el psicólogo Gordon Allport defendía que «los perjuicios, el odio y el racismo surgen de la falta de contacto» (p. 396), basándose en evidencias como que durante los disturbios raciales de 1943 en Detroit no se die ron enfrentamientos entre quienes tenían espacios de encuentro y que, entre los soldados estadounidenses en la Segunda Guerra Mundial, el número de soldados blancos que rechazaban a soldados negros era menor en las compañías mixtas.

«Los perjuicios, el odio y el racismo surgen de la falta de contacto»

De manera complementaria con lo anterior, menciona a Trump al señalar que en 2016 «cuanto más te alejabas de la frontera con México, mayor era el apoyo para el hombre [Trump] que quería construir allí un muro» (p. 407), y que en ese mismo año en el Reino Unido «cuanto menor era la diversidad cultural de una ciudad o un barrio, mayor [era] el porcentaje de votantes a favor del Brexit» y que «en Holanda, las mayores concentraciones de votantes de partidos populistas de extrema derecha se encuentran en municipios con clara predominancia blanca, como Volendam. Por el contrario, la gente que tienen más contacto con musulmanes (especialmente en el trabajo) es menos islamófoba» (p. 407).

En la parte final de libro, tras recordar los numerosos testimonios de soldados de bandos contrarios que confraternizaron en la navidad de 1914, Bregman propone no caer en la deshumanización de ninguna persona y afirma que «si nos enterramos en nuestras trincheras perdemos de vista la realidad y acabamos convenciéndonos de que una pequeña minoría envenenada de odio es representativa de toda la humanidad» (p. 423).

Dignos de ser humanos es un libro de lectura grata, repleto de anécdotas, que defiende otra forma de contemplarnos a nosotros mismos a partir de la evidencia científica disponible y del papel que la cooperación y el altruismo han desempeñado como motor evolutivo de la humanidad.

Diego Escribano Carrascosa. Graduado en Derecho y en Ciencia Política y Administración Pública. Máster en Derecho Internacional de los Derechos Humanos.

 

 

 

 

 

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