Entrevista a José Manuel Naredo: el mito de Sísifo y el gatopardismo de los no-conceptosFUHEM

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El número 158 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global publica en su sección A FONDO, una entrevista a José Manuel Naredo, al hilo de su último libro, La crítica agotada, donde explora la doble sensación de agotamiento y cansancio de un discurso crítico harto de repetir un frustrante y estéril ejercicio, al modo de Sísifo.

La crítica viene empujando cuesta arriba unos pseudoconceptos en sintonía con la ideología económica y política dominante para que, aun pretendiendo cuestionarlo todo, al final nada cambie. Términos fetiche a la moda con los que la crítica se lastra, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual.

Pedro Lomas (PL): Este libro no surge de un encargo académico, sino que proviene de una gran paradoja, de un malestar, si utilizamos términos freudianos, ¿en qué situación nos encontramos para afirmar que la crítica social puede estar agotada?

José Manuel Naredo (JMN): La verdad es que no suelo investigar y publicar por encargo, salvo en el caso de algunas propuestas o proyectos que me han motivado especialmente. Afortunadamente el hecho de que no haya tenido que vivir de la pluma, ni acomodarme a los requerimientos del mundo académico para obtener ayudas y proyectos me ha dado más libertad de la que gozan los que tienen que someterse a estos controles o servidumbres. Generalmente es el afán personal de reflexionar sobre ciertos temas para clarificarlos el que ha venido impulsando mis quehaceres investigadores y mis publicaciones, ya fuera en solitario o embarcando a otras personas en el empeño.

Como apuntas, las reflexiones de este libro vienen motivadas por la siguiente gran paradoja: cuanto más evidente se hace la crisis de civilización que nos ha tocado vivir, más difícil parece reconducirla hacia horizontes ecológicos y sociales más saludables. Y esta paradoja genera frustración entre las personas críticas al statu quo. En efecto, durante largo tiempo oleadas de movilización social orientadas a conseguir una sociedad más justa y habitable pasaron y se desvanecieron, junto con las ilusiones que mantenían vivo el empeño militante, sin haber logrado sus metas. El hecho de que se haya repetido tanto esta experiencia sin que el denodado esfuerzo militante culmine su propósito o, peor todavía, que cuando parece estar cerca de alcanzarlo –al haber triunfado una revolución o ganado unas elecciones– ese propósito se acabe desvaneciendo y haya que empezar de nuevo me recordó el mito de Sísifo que ilustra la portada del libro. Este mito es uno de los más conocidos de la mitología griega y evoca a un rey castigado por los dioses a empujar una gran piedra hasta la cumbre de una montaña para que, una vez arriba, y al no poder asegurarla, la piedra caiga de nuevo por la pendiente hasta abajo, y así una y otra vez por toda la eternidad.

Entre otros ejemplos, en el libro comparo el impasse sociopolítico actual con mis vivencias de hace cincuenta años, cuando un aluvión de acontecimientos, publicaciones y movilizaciones hacía más plausible que ahora el cambio de paradigma y/o de civilización hacia una sociedad más justa y saludable para la mayoría. Y el hecho de que la gran piedra de Sísifo haya caído más abajo de lo que estaba a principios de los setenta me ha incitado a reflexionar sobre las causas de que esto ocurra. En el libro apunto determinadas causas externas al pensamiento crítico. Veo cómo en los ochenta repuntó el pulso de la coyuntura económica animada por la caída de los precios del petróleo y otras materias primas, por las masivas inyecciones de liquidez y las nuevas formas de lucro asociadas a los procesos de mercantilización, financiarización, privatización y desmantelamiento del Estado de bienestar.

En lo ecológico analizo cómo se desplegaron potentes inversiones en instituciones, políticas y discursos de imagen verde, unidos a la invención de términos fetiche y a la multiplicación de eventos ceremoniales con los que entretener a la gente. Y en lo político veo cómo el desmoronamiento del socialismo real y de sus prometedores atajos revolucionarios resultó difícil de digerir para una militancia y una intelectualidad calificada de progresista o de izquierdas que venía idealizando y avalando la marcha del socialismo real frente al capitalismo real, generándose un desánimo y una desorientación que todavía duran. Pero la reflexión del libro se centra sobre todo en el impasse ideológico que subyace y explica en buena parte el actual impasse sociopolítico. Se analiza cómo el discurso crítico se ve desorientado por señuelos e idolatrías y lastrado por no-conceptos que le hacen seguir el lamentable ejemplo de Sísifo.

La portada y el título del libro, La crítica agotada, responden a la doble sensación de agotamiento y cansancio de un discurso crítico harto de repetir un frustrante y estéril ejercicio: si Sísifo tenía que subir una enorme roca hasta lo alto de una montaña para, una vez coronada, ver cómo se deslizaba pendiente abajo, la crítica viene empujando cuesta arriba unos pseudoconceptos en sintonía con la ideología económica y política dominante para que, aun pretendiendo cuestionarlo todo, al final nada cambie. «Producción», «medio ambiente», «desarrollo sostenible», «lucha contra el cambio climático», «neoliberalismo», «poscapitalismo» o «fundamentalismo de mercado» son solo ejemplos de términos fetiche a la moda con los que la crítica se lastra, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual.

Hay términos fetiche de moda con los se lastra la crítica, desviando la atención de los auténticos problemas y responsables de la situación actual

En este amplio contexto, las reflexiones del libro se centran más en el impasse ideológico que explica en buena medida el impasse socio-político antes mencionado. Impasse ideológico que permanece anclado a viejas idolatrías y lastrado por una serie de términos fetiche, jaculatorias ceremoniales… o no-conceptos con los que la retórica política, económica y ecológica consigue entretener y hasta emocionar a la gente, desviando la atención y las críticas de los principales problemas y protagonistas de la situación actual y de sus posibles cambios.

 

PL: En este trabajo, nos ilustras sobre un amplio abanico de no-conceptos, una idea que surge de observar cómo el pensamiento crítico está entrampado en determinadas categorías que agotan su discurso, ¿podrías explicar en qué consisten esos no-conceptos? ¿cuáles crees que son los principales no-conceptos que bloquean el discurso crítico, y en qué ámbitos los podemos encontrar?

JMN: Cabe definir un concepto como la representación mental de un objeto. La palabra concepto procede de «concebir o idear» algo que se supone tiene algún contenido. El concepto trata así de acotar o definir ese contenido. El problema estriba en que a veces se consigue que el concepto defina bien un contenido que se supone tiene correspondencia con la realidad, pero otras el concepto queda difuso e incluso sobrevuela el mundo real, con el agravante de que se le atribuye una realidad que no existe. Entramos aquí en el terreno de los mitos, las metáforas en- cubiertas o los términos fetiche, que proliferan en el campo más permisivo de las ciencias sociales y que se enarbolan engañosamente y con convincente fuerza en la retórica política, económica e incluso ecológica. El libro ilustra con ejemplos la variada casuística del extendido manejo de estos conceptos deshilachados o difusos que podríamos calificar de no-conceptos o pseudo-conceptos –con distintas figuras del lenguaje que se identifican en el libro– y reflexiona sobre las consecuencias encubridoras que suele entrañar su uso generalizado viendo que la antigua querencia religiosa del espíritu humano a interpretar los variados eventos del universo como si fueran producidos por la acción de agentes sobrenaturales, lejos de desaparecer, ha mudado y permanece viva bajo nuevos ropajes científicos.

Para clarificar este panorama el libro avanza en la elaboración de una especie de genealogía conceptual que espero contribuya a desvelar las trampas del leguaje que apuntalan el statu quo a la vez que descarrían y debilitan la crítica social. Para ello investigo el origen, el contenido y la correspondencia de los conceptos con el mundo al que teóricamente se refieren. Al revisar esta correspondencia vemos que el conocimiento matemático es el único en el que las definiciones de los conceptos coinciden necesariamente con la realidad. Por ejemplo, el triángulo, el cuadrado o el círculo se corresponden siempre con su definición sin dar lugar a equívocos: no tendría sentido hablar de circunferencias triangulares o de cuadrados redondos. Sin embargo, se habla alegremente de economías circulares, verdes, sostenibles, resilientes, de automóviles ecológicos, de edificios inteligentes… o se pide justicia climática. Pues en las ciencias naturales y, no digamos, en las sociales la correspondencia de los conceptos con la realidad se hace más laxa hasta llegar a distanciarse por completo, haciendo que en este caso su función encubridora o mixtificadora predomine, sin decirlo, sobre la explicativa o predictiva.

Los investigadores han tratado de acotar los márgenes de error e incertidumbre y los sesgos e interferencias de sus aproximaciones a la realidad con medios y resultados diferentes, que van desde las magnitudes y medidas propias de la ciencia cuantitativa y las taxonomías del objeto de estudio, hasta el extremo de los conceptos y lógicas borrosas (fuzzy logic) que conllevan incertidumbres también borrosas. Después de la lógica matemática, el primer paso para conectar los conceptos con la realidad lo dio la llamada ciencia cuantitativa, que es la que trabaja con el Sistema Internacional de Unidades Físicas1 (el SI), cuyas medidas se ha encargado de definir y de precisar la metrología y sobre el que reposan los principales logros técnicos. La correspondencia entre conceptos y realidades se reafirma todavía más en las ciencias que además de ser cuantitativas son experimentales. Es decir, en aquellas disciplinas que, no solo vinculan sus elaboraciones al SI, sino que pueden repetir el mismo experimento para estudiar sus resultados tantas veces como parezca necesario.

La definición matemática de las magnitudes físicas y empírica de las medidas asociadas al SI permite así acotar el margen de error de las mediciones y, con ello, refutar con solvencia las teorías que no alcanzan resultados fiables. Esto no ocurre con otras disciplinas cuyos razonamientos se despliegan al margen del SI y que además no pueden repetir los experimentos, como es el caso particularmente extremo de las ciencias sociales, en las que la articulación lógica de su discurso llega a atribuir a entidades abstractas el papel de causas responsables de lo que nos sucede y en las que las teorías pueden mantenerse a flote como corchos frente a las olas de contrastación empírica por mucho que la realidad las contradiga. Hay que recordar, por ejemplo, que las pretensiones de ciencia cuantitativa propias de esa reina de las ciencias sociales que es la economía convencional carecen de fundamento, habida cuenta que las “magnitudes económicas” en las que habitualmente se apoya –como el Producto Interior Bruto (PIB) u otros “agregados” de Cuentas Nacionales– incumplen los requisitos propios de las magnitudes físicas y que sus medidas carecen de márgenes de error comprobables, como he venido precisando desde hace tiempo. A la vez que la noción usual de sistema económico, al asumirla como algo objetivo y universal, genera sus propias evidencias domesticadas que impiden impugnarlo desde dentro: para ello hay que relativizarlo y enjuiciarlo desde fuera, como una creación más de la mente humana. Hay que subrayar que en el lenguaje político es donde más se han venido divorciando los conceptos de la realidad. Como se expone ampliamente en el libro, el éxito del lenguaje político estriba más en las emociones que pueda suscitar su retórica, que en las razones que avalan su mensaje.

 

PL: Uno de estos no-conceptos, sobre el que reflexionas ampliamente en el libro es el de neoliberalismo. Los giros conceptuales que ha sufrido el liberalismo para llegar a la idea actual de neoliberalismo han contribuido a malinterpretar ciertas líneas de pensamiento liberal, así como a cargar este concepto de ciertos elementos negativos quizás ajenos a su origen. ¿Cuáles son estos elementos negativos ajenos a la idea original de liberalismo?

JMN: En el libro investigo la genealogía de los términos liberal y liberalismo, para luego hacerlo con el neoliberalismo. Analizo las variedades de liberalismo atendiendo a sus relaciones con las distintas nociones de libertad y con otras categorías y valores. Y, en lo que concierne al origen y evolución inicial del término liberal, me apoyo sobre todo en el libro de Helena Rosenblatt, Historia olvidada del liberalismo. Desde la antigua Roma hasta el siglo XXI.2 Mientras que hoy es corriente asociar el liberalismo con la protección de los derechos y los intereses individuales, en este libro se advierte que «este énfasis en el individuo y en sus intereses es algo muy reciente. Esta acepción de la palabra liberalismo ni siquiera existió hasta principios del siglo XIX y, durante cientos de años antes de su nacimiento, ser liberal significaba algo muy diferente. Durante casi dos mil años significó exhibir las virtudes de un ciudadano, mostrar devoción por el bien común y respetar la importancia de la conexión mutua».3 Y esta tradición sigue impregnando nuestro lenguaje y constituye un activo que ha venido facilitando la aceptación social del liberalismo político y figurando en las primeras acepciones del término liberal en los diccionarios.4

A continuación, analizo cómo pudo producirse el desplazamiento desde el primer significado de liberal, todavía recogido en los diccionarios como sinónimo de desprendido, generoso, cívico y amante del bien común, hacia el que meramente prioriza la defensa de los derechos y los intereses individuales y de lo privado frente a lo público o comunitario. Este desplazamiento se vino gestando durante largo tiempo a medida que se fue extendiendo la noción occidental de naturaleza humana supuestamente dominada por impulsos malvados y codiciosos y que la política y la economía fueron construyendo sobre ella sus nociones de sistema político y económico, como disciplinas ya separadas de la moral, con autores como Maquiavelo, Hobbes, Mandeville, Helvetius… ¿y Smith? En contra de la leyenda generalmente asumida, en el libro subrayo que Adam Smith no fue un eslabón más de esta corriente, sino que percibió que los principios liberales que él defendía en interés de la ciudadanía tenían poco que ver con los que defendían en interés propio los comerciantes, industriales y terratenientes de la época. Detectó así la contradicción entre las nociones tradicionales de libertad y liberalidad que él asumía y la libertad de explotación orientada a satisfacer, según Smith, «la “mezquina rapacidad” de los comerciantes y los industriales británicos que, en connivencia con la aristocracia terrateniente conspiraban contra el bien público».5 Además, como también comento en el libro, percibió tempranamente que los empresarios no eran partidarios de la libre competencia advirtiendo que «el interés de los empresarios siempre es ensanchar el mercado, pero estrechar la competencia».6

Paradójicamente su empeño en integrar la noción tradicional de liberal y liberalidad con la asociada al liberalismo económico moderno no solo no llegó a prosperar, sino que, sin quererlo, contribuyó a reforzar y desgajar esta última, que ha venido entronizando la idea abstracta de mercado, la consideración del egoísmo como motor del progreso económico y defendiendo lo privado frente a lo público o comunitario, sobre las que oficia la economía estándar con su creación del homo œconomicus.

La bifurcación que se observa entre la noción tradicional de liberal y liberalidad, cargada de virtudes sociales, y la asociada al más restringido liberalismo económico, cargado de egoísmo, aparece vinculada a aquella otra bifurcación inicial entre liberales y conservadores que se acabó reconciliando en el campo de la po- lítica al establecerse un liberalismo conservador. En el libro observo cómo Napoleón fue pionero en acuñar y refundar a principios del siglo XIX esta corriente de liberalismo conservador.  Y en España relato cómo en 1983 la “operación liberal de Fraga” dio el primer paso hacia esa reconciliación liberal-conservadora en el terreno de la política, que dejaría como algo arcaico y obsoleto el tradicional enfrentamiento entre liberales y conservadores que tantas pasiones levantó en su día. Este proceso ha permitido identificar también neoliberalismo con neoconservadurismo como hace Harvey en su Breve historia del neoliberalismo: «El neo- conservadurismo concuerda totalmente con la agenda neoliberal del gobierno elitista, la desconfianza hacia la democracia y el mantenimiento de las libertades de mercado».7

 

PL: Además, según nos cuentas, el concepto de neoliberalismo ha llevado a esconder a los verdaderos protagonistas y la naturaleza del sistema polí- tico actual. ¿Quiénes son esos protagonistas? ¿Cómo podemos caracterizar ese sistema político si tenemos en cuenta todo esto?

JMN: Efectivamente, analizo la genealogía del término neoliberalismo y concluyo que es un no-concepto creado por la izquierda que ha sido un verdadero regalo para la derecha. Pues al postular la izquierda que todos los males han venido urdidos por un supuesto neoliberalismo… o por hipotéticos mercados libres inexistentes, quedan indemnes los verdaderos responsables de los atropellos que se vienen realizando desde el poder para facilitar el lucro de algunos, abusos que, como advirtió Varoufakis, en muchos casos no son “nuevos” ni de “liberales”, aunque en ocasiones cuenten con el respaldo de algunos liberales complacientes para justificar privatizaciones y recortes varios.

El neoliberalismo como término fetiche contribuye así junto a los otros, como “la tiranía” o “el fundamentalismo del mercado libre”, a encubrir el despotismo caciquil imperante y a naturalizar el statu quo, cuando lo que determina nuestro devenir no es el neoliberalismo maligno, ni la tiranía de los mercados, sino las élites y redes de poder que conforman la actual tiranía corporativa que controla un sistema más bien neocaciquil que, lejos de ser libre y desregulado, esta hiperregulado para favorecer los intereses de ciertas corporaciones agrupadas en oligopolios que, a la vez, solicitan desregulación y libertad para acometer el saqueo de lo público y para explotar a su antojo la mano de obra, los recursos naturales y los territorios.

Lo que determina nuestro devenir no es el neoliberalismo maligno, sino élites y redes de poder que conforman una tiranía corporativa y un sistema neocaciquil

Por otra parte, al orientar la izquierda las críticas hacia el neoliberalismo, ha permitido a la derecha beneficiarse impunemente de las connotaciones positivas que durante siglos se han venido asociando a la palabra liberal y contribuye a que pueda presentarse ahora sin complejos como la verdadera defensora de la libertad, frente a supuestos socialismos o comunismos que la niegan. Resulta sorprendente que en nuestro país se haya podido invertir la situación respecto a lo que ocurría durante el franquismo y que, desde la “operación liberal” de Fraga, cuele impunemente que la antigua derecha conservadora franquista haya pasado a presentarse como defensora de la libertad frente a oposiciones tildadas despectivamente de socialistas y comunistas. La campaña ganadora de la candidata del PP, Isabel Díaz Ayuso, en las elecciones de 2021 a la Presidencia de la Comunidad de Madrid, a base de erigirse en defensora de la libertad frente a supuestos socialismos y comunismos culmina esta tendencia.

En suma, que el problema no es solo que el afán de la izquierda de atribuir al neoliberalismo todos nuestros males no ayude a aclarar la situación, sino que resulta para ella misma contraproducente, al dar por bueno el supuesto liberalismo de la derecha permitiendo que se erija en abanderada de la libertad, a la vez que se corre un tupido velo sobre el despotismo clientelar de carne y hueso que puebla y mantiene la actual tiranía corporativa con sus comisionists a bordo.

 

PL: Por otra parte, muchos de estos no-conceptos surgen del intento por parte del pensamiento crítico de ofrecer marcos teóricos que expliquen la realidad actual tras el fracaso a determinados proyectos históricos de emancipación social. ¿Qué tienen que hacer los movimientos sociales con estos no-conceptos para desbloquear la crítica social? ¿Es necesaria esta renovación conceptual o disponemos ya de herramientas para afrontar el mundo actual, y se trata, por tanto, de un esfuerzo vano? ¿Qué características tendrían que tener los nuevos marcos conceptuales para no acabar formando parte de un hipotético diccionario de no-conceptos?

JMN: No creo que el grueso de estos no-conceptos surjan, como dices, del intento del pensamiento crítico de ofrecer marcos teóricos que expliquen la realidad actual. A veces los términos y jaculatorias son inventados y divulgados desde los núcleos del poder, a modo de señuelos, para distraer la atención y desviar las críticas y los esfuerzos militantes y forman ya de entrada parte de la ideología dominante. Este sería el caso de la mismísima metáfora de la producción (cifrada con el famoso PIB) que sirve para encubrir, ignorar y santificar lucros impresentables, o con las invenciones del medio ambiente, de la economía ambiental o verde y del desarrollo sostenible, que apuntan a desactivar en el terreno de las palabras el conflicto entre economía y ecología, o entre desarrollistas y conservacionistas. Y el problema estriba en que muchos de estos no-conceptos son utilizados acríticamente por los propios movimientos sociales, e incluso asumidos como si fueran neutros o universales, dificultando así la elaboración de marcos teóricos distintos de los que ofrece la ideología política y económica dominante. Lo cual explica que muchos de los no-conceptos se inventen con poca fortuna desde los propios movimientos sociales, evitando también, sin quererlo, que las críticas den en el blanco. En este último caso más que ofrecer marcos teóricos verdaderamente explicativos de la realidad actual, acostumbran a revelar su carencia. Así lo atestigua entre otras cosas la inflación de los prefijos neo y pos –a la que dedico sendos apartados en el libro– que denota el afán de designar cambios de situación hacia nuevas realidades que todavía no tienen nombre, con la aplicación de prefijos a términos antiguos, lo que genera confusión. Por ejemplo, parecen contradictorios los empeños de calificar en publicaciones simultáneas el panorama y las tendencias actuales de neoliberales, neofascistas, neofeudales… o tecnofeudales.

Los términos prexistentes actualizados hoy con prefijos, si bien subrayan por separado algunos de los rasgos que caracterizan el panorama actual o tendencial, no llegan a definir bien en su conjunto la naturaleza del sistema socioeconómico imperante. Y esta incapacidad arranca a menudo de insuficiencias, tanto de los términos originarios a los que se les añaden los prefijos, como de las teodiceas y clasificaciones simplistas con las que se acostumbra a analizar la evolución de los sistemas sociales a lo largo de la historia. Entre otras muchas cosas, dar por buena esa creación de la ideología dominante que es la metáfora absoluta de la producción ha sido un lamentable paso en falso de las corrientes críticas del tipo de sociedad que había venido surgiendo y globalizándose tras la Modernidad y la Revolución Industrial. El afán de interpretar la historia como una sucesión de “modos de producción” eclipsó la efectiva evolución de toda una serie de modos de dominación que, lejos de sucederse unos a otros, han venido mudando y solapándose entre sí, como cabría ejemplificar con el clientelismo, el racismo, el machismo… o las distintas formas de dependencia económica. Por otra parte, algunos de los términos fetiche enarbolados por los movimientos críticos responden a conflictos internos no resueltos y alimentan sectarismos.

El libro llama a superar todos los no- conceptos, términos fetiche, idolatrías y falacias que hacen que los movimientos críticos evoquen el mito de Sísifo

En suma, respondiendo a tus preguntas, el libro hace una llamada a superar todos estos no-conceptos, términos fetiche, idolatrías y falacias que hacen que los movimientos críticos evoquen una y otra vez con sus frustrados esfuerzos el mito de Sísifo. Solo superando esos no-conceptos y los “puntos ciegos” que generan se podrá vislumbrar mejor el futuro y conseguir que la crítica coja aire y recupere fuerzas al orientar mejor sus críticas y alcanzar mejores resultados.

 

PL: Pero, como es costumbre, el libro va más allá de la crítica, y propone unas líneas guía para afrontar el colapso del pensamiento crítico a partir del enfoque ecointegrador. ¿Cuáles son las características básicas de este enfoque? ¿De qué tradiciones intelectuales bebe?

Efectivamente, tras denunciar el magma ideológico que protege la actual tiranía corporativa globalizada, la Cuarta Parte del libro recapitula sobre la encrucijada ideológica actual y replantea en positivo las trampas del lenguaje y las idolatrías denunciadas a lo largo del mismo para superar el actual impasse sociopolítico. Reflexiona sobre los requisitos necesarios para conseguir que prospere un nuevo conglomerado de enfoques y valores que se ha venido configurando para reorientar la actual crisis de civilización hacia horizontes sociales, económicos y ecológicos más prometedores. Considero que podríamos llamar al nuevo paradigma sociocultural emergente paradigma ecointegrador porque propugna la integración en un triple sentido. En primer lugar, la integración del conocimiento, para trascender el actual predominio de los enfoques sectoriales y parcelarios y, sobre todo, frente al sonado divorcio entre economía y ecología. En segundo lugar, la integración especie humana y naturaleza frente al tradicional enfrentamiento entre ambas, recordando que es la simbiosis, y no el enfrentamiento, la clave del enriquecimiento de la vida en la Tierra, lo cual induce a desplazar el actual antropocentrismo hacia un nuevo geocentrismo. Y en tercer lugar integrando individuo y sociedad, lo que implica una reconstrucción profunda de identidades y la recreación de la propia sociedad civil para generar un tejido social más cohesionado, frente al enfrentamiento y la polarización social que desata la actual pugna por la riqueza y el poder.

El nuevo paradigma sociocultural emergente ecointegrador propugna la integración en un triple sentido: del conocimiento; de especie humana y naturaleza; y de individuo y sociedad

Cabe advertir que las dimensiones que supone la adopción del enfoque ecointegrador trascienden el campo de lo económico. La revolución científica que se produciría en el campo de la economía al superar la noción usual de «el» sistema económico para razonar sobre una economía de sistemas, y al trascender la idolatría del PIB para establecer una taxonomía del lucro, entraña cambios de conciencia mucho más amplios que implican a otras ramas del conocimiento y del pensamiento: el cambio de paradigma sociocultural ecointegrador tendría que abarcar por fuerza las «tres ecologías» a las que se refiere Félix Guattari –la mental, la social y la del mundo físico a gestionar– para integrarse, con palabras de este autor, en una “ecosofía” de nuevo cuño, a la vez práctica y especulativa, ético política y estética.

Entre otras cosas, habría que superar la idea hoy dominante de individuo como categoría pre o antisocial, ávido de dinero y poder. Esta ideología desemboca, por fuerza, en la actual escisión entre una elite de políticos y empresarios activos y una mayoría de gobernados y explotados pasivos. Frente a esta idea de individuo, el nuevo paradigma ecointegrador ha de considerar las personas como sujetos morales, propugnando un individualismo ético, y como ciudadanos llamados a ejercer como sujetos políticos y económicos activos que tienen el derecho y el deber de contribuir a organizar la convivencia y la intendencia.

De ahí que mis reflexiones vayan en la línea de autores que reflexionan sobre cómo establecer un marco institucional antioligárquico que propicie esos comportamientos.8 Un marco institucional y mental que desplace la actual concepción bélica de la economía y la política hacia el predominio de la reciprocidad y la convivialidad, desactivando y reconvirtiendo hacia la cooperación y la participación esas dos instituciones jerárquicas hoy hegemónicas: las corporaciones empresariales y los partidos políticos. A la vez que para responder a la pregunta de por qué las personas no acostumbran a rebelarse contra las redes de poder imperantes, haga referencia a autores entre los que destaca La Boétie, que nos enseñó hace siglos en su libro La servidumbre voluntaria9 que un sistema que incentiva el egoísmo, la avaricia, la rivalidad, la competencia, la desconfianza y el miedo, genera el caldo de cultivo propicio para que prospere la tiranía, por muchos “contrapesos” ceremoniales que se le pongan. Mientras que la democracia participativa necesita asentarse sobre la amistad, la cooperación, la solidaridad, el desprendimiento, la confianza, la libertad, la reciprocidad… Y como la ideología imperante en la civilización occidental, no solo considera dominantes e invariables las propiedades más perversas de la naturaleza humana, sino que las incentiva, el resultado de esta forma de pensar no puede ser otro que el actual despotismo democrático, en el que la clase política es a la vez instrumento y parte de las elites beneficiarias de la actual tiranía corporativa.

Pero mis reflexiones sobre el paradigma ecointegrador emergente, además de críticar la noción usual de individuo y de sistema político, siguen sobre todo la estela de toda una serie de autores críticos de la noción usual de sistema económico a los que hago referencia, sobre todo en mi libro La economía en evolución,10 conjunto de autores que no cabe ni siquiera enumerar aquí.

 

PL: Como señalas, tomar conciencia de nuestros males es el primer paso para hacer algo al respecto. Pero algunos de estos males, incluso la crítica a ciertos conceptos, tienen ya décadas. Sin embargo, no termina de cristalizar una vía de salida de este bloqueo. ¿Qué requisitos tendría que reunir para que un enfoque ecointegrador prosperase? ¿Qué inercias y resistencias sufriría, tanto desde los viejos planteamientos críticos basados en los no-conceptos que aquí mencionas, como desde aquellos a los que beneficia el statu quo actual? ¿Qué habría que hacer con ellos?

JMN: La parte final del libro analiza los requisitos para que el paradigma ecointegrador emergente pueda prosperar. El problema estriba en que en esta pugna de paradigmas sigue reinando la confusión porque, como suele ocurrir, el paradigma dominante 1) se blinda usando categorías supuestamente racionales, objetivas y universales que el común de las gentes asume y utiliza en el lenguaje corriente, incluidos muchos de los críticos; y 2) genera puntos ciegos que ayudan a ignorar las críticas y, en el caso de que lleguen a trascender, las absorbe, digiere y desactiva.

Es necesario reconvertir hacia la cooperación y la participación las dos instituciones jerárquicas hoy hegemónicas:  las corporaciones empresariales y los partidos políticos

La viabilidad de un cambio de paradigma sociocultural del porte del que venimos indicando depende de la capacidad que tenga el pensamiento crítico para trascender los puntos ciegos que genera la selección de la información que practican las nociones de sistema asociadas al paradigma dominante y, muy en particular, las nociones usuales de sistema político y económico. Ambas priorizan información y soslayan o banalizan el resto, desactivando reflexiones que puedan ir más allá de esas nociones de sis- tema y permitiendo solo las interpretaciones parciales al uso (capitalismo,  globalización, secularización…) o de las consecuencias (financiarización, sociedad del riesgo, sociedad líquida…).

Respecto a la plausibilidad de un cambio de paradigma, quiero advertir que no existe ningún determinante del cambio ni ninguna meta que lo oriente más allá de un proceso de selección de información llevado a cabo en la sociedad: ni la filosofía, ni la ética, ni la religión, ni la economía, ni la política pueden promover y legitimar por sí solas un cambio de paradigma. Esto cierra la puerta a reduccionismos y falsas ilusiones simplistas sobre la interpretación de la sociedad y las posibilidades de cambiarla. Pero, a la vez, evidencia que son las personas las que pueden influir sobre la selección de información que gobierna el paradigma dominante subrayando puntos ciegos y conexiones ocultas, pues solo ellas son capaces de introducir variaciones en el curso de la comunicación y la conciencia social, aunque también puedan existir acontecimientos que aceleren este proceso.

La profundidad de la crisis actual no solo hace más evidentes los vicios y flaquezas del paradigma dominante, sino que deja entrever puntos ciegos y nuevas conexiones que podrían apoyar la emergencia de paradigmas diferentes. Para facilitar este proceso la parte final del libro repasa e insiste en las metáforas y conceptos clave sobre los que reposan las ideas usuales de sistema político y de sistema económico, así como las instituciones que mantienen al Estado, las formas de pro- piedad, de dinero, de intercambio, etc., que les dan vida y aseguran su impronta en la sociedad actual. Ideas e instituciones que deberían ser el principal objetivo de las críticas, pero que lamentablemente siguen gozando de buena salud imbuidas de una hipotética racionalidad y universalidad, y una neutra objetividad, a la que, una vez asumida, solo cabe enfrentar un vacío de no-conceptos poco atractivo. Así, un primer requisito para que el cambio de paradigma prospere es que los movimientos sociales críticos asuman el colapso de las viejas idolatrías y sus prometedores atajos revolucionarios y deconstruyan y superen el magma ideológico de no-conceptos y términos fetiche que protege la actual tiranía corporativa.

En el libro advierto que para que el nuevo paradigma ecointegrador progrese, además de ser inclusivo y generalmente atractivo, tiene que aclarar con interpretaciones sólidamente consensuadas de dónde venimos, dónde estamos, hacia dónde vamos y hacia dónde queremos y podemos ir. Un verdadero cambio de paradigma de civilización ha de apoyarse en una interpretación común de la evolución humana que permita relativizar y replantear las añejas ideas sobre las que hoy reposa el statu quo mental e institucional. Y, como el paradigma sociocultural imperante se ha globalizado, el nuevo tendrá que globalizarse también, pero ser, a la vez, lo suficientemente flexible para albergar, e incluso promover, la más amplia diversidad de culturas, opiniones o formulaciones parciales entre aquellos que lo suscriban. Una interpretación que deberá ser lo suficientemente amplia como para unificar los distintos aspectos de la experiencia humana, trascendiendo divorcios tan sonados como los que se han venido produciendo entre individuo y sociedad, entre razón y emoción, entre economía y ecología o el que enfrenta a los individuos humanos entre sí y con el resto de la naturaleza.

Subrayemos por último que, en el caso del conflicto de paradigmas que nos ocupa, no se trata de sustituir un reduccionismo por otro, sino de erosionar la hegemonía del antiguo con una visión más amplia que lo trasciende y relativiza. El mayor potencial analítico y predictivo del que ha venido dando muestras el enfoque ecointegrador –que se ejemplifica en el libro– unido a su carácter abierto, transdisciplinar, multidimensional y a la mayor amplitud de su objeto de estudio, deberían potenciar también su naturaleza inclusiva, frente a los dogmatismos reduccionistas al uso.

Pedro L. Lomas Huertas es miembro de FUHEM Ecosocial.

NOTAS:

1  Las siete unidades básicas del SI son: el kilogramo, el metro, el segundo, el amperio, el kelvin, la candela y el mol.

2  Helena Rosenblatt, Historia olvidada del liberalismo. Desde la antigua Roma hasta el siglo XXI, Crítica, Barcelona, 2020.

3  Ibidem, p. 21.

4  El Diccionario de la RAE de la Lengua (2001) señala como primera acepción del adjetivo liberal «generoso, que obra con liberalidad»; «2. Dicho de una cosa: que se hace con liberalidad» (y define la liberalidad como la «1. Virtud moral que consiste en distribuir alguien generosamente sus bienes sin esperar recompensas; 2. Generosidad, desprendimiento»). Hay que esperar a las acepciones 6 y 7 del adjetivo liberal para que aparezca su dimensión político-económica habitual: «6. Partidario de la libertad individual y social en lo político y de la iniciativa privada en lo económico; 7. Que pertenece a un partido de ese nombre».

5  Rosenblantt, 2020, Op. cit.

6  Ibidem.

7  David Harvey, Breve historia del neoliberalismo, Akal, Madrid, 2007, p. 89.

8  Autores que revisan las instituciones e instrumentos anti-ologárquicos propios de la democracia ateniense y otras experiencias, como Pedro Olalla, 2015, Grecia en el aire. Herencias y desafíos de la antigua democracia ateniense vistos desde la Atenas actual, Barcelona, Acantilado…o José Luís Moreno Pestaña, 2019, Retorno a Atenas. La democracia como principio antioligárquico, Madrid, Siglo XXI.

9  Étienne La Boétie, La servidumbre voluntaria, Virus, Barcelona, 2016 [1577].

10   José Manuel Naredo, La economía en evolución. Historia y perspectivas de las categorías básicas del pensamiento económico, Siglo XXI, Madrid, 2015.

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