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Entre finales de 2021 y principios del 2022, la Editorial Escritos Contextatarios lanzó dos textos breves, pero de suma importancia e interés, que nos proporcionan herramientas intelectuales y emocionales para intentar parar esta huida hacia adelante del “mundo al revés” donde nos encontramos, y hacernos cargo de la dura realidad que tenemos de frente a pesar de los pesares. Dos textos diferentes, por estilo y temática concreta, pero que entran en un juego de diálogo y refuerzo indirecto que rompe con la resignación y nos empuja hacia la responsabilidad, la conciencia, el conocimiento y, sobre todo, la esperanza.

El primero de los dos textos objeto de esta reseña, El otoño de la civilización, es un libro que entrelaza los temas de la crisis energética y el cambio climático, e intenta arrojar luz sobre las alternativas que aún tenemos al alcance para evitar los peores escenarios. Prologado por Yayo Herrero, y con epílogo de Jorge Riechmann, el texto se desarrolla en dos grandes partes, una primera dedicada a explorar las dimensiones del caos climático y las rebeliones del mundo científico y que contiene, entre otras, precisamente un análisis sobre los informes filtrados del IPCC, que han supuesto una rebelión sin precedentes en la posición de la comunidad científica internacional, y una segunda donde se denuncia, clara y rotundamente, el fin de la era de la energía barata.

Ante la incapacidad de gestión de las estructuras actuales, una serie de acontecimientos rupturistas y de rebelión entre los miembros de la comunidad científica han dado forma al que muchos autores llaman «el año de las filtraciones del IPCC». Tal y como se mencionaba anteriormente, tres partes de dos de los informes fueron filtradas antes de tiempo, y dos de ellas fueron recogidas precisamente por Turiel y Bordera en este libro, así como en la revista CTXT.

Como subrayan los autores, anteriormente había habido intentos de manipulación de los informes climáticos por parte del negacionismo organizado financiado desde grupos de presión fosilistas, pero con el último Informe del IPCC, el sexto, la situación ha dado un vuelco, lo que supone una “nota de honor”, dentro del contexto científico, por usar una expresión de Turiel y Bordera. Temerosos de las inercias, y de que nos estemos peligrosamente acercando cada vez más un punto de no retorno, “los que saben” han decidido actuar y se han impuesto pasar a la acción.

Así, el 23 de junio de 2021 la Agencia France Press filtró parte del contenido del resumen para políticos del Grupo II del IPCC, el encargado de analizar los impactos del cambio climático. La noticia dio la vuelta al mundo, y el titular que más se repetía citaba una frase tan obvia como dura: «La vida en la Tierra puede recuperarse de un cambio climático importante evolucionando hacia nuevas especies y creando nuevos ecosistemas. La humanidad no». Una humanidad expuesta, de manera desigual, a récords de temperatura extraordinarios por todas partes, a eventos climáticos extremos, a inundaciones fuera de toda lógica, tremendos incendios con enormes daños económicos y personales, etc. Entre las diferentes líneas maestras en las que inciden los autores, destacaría alguna.  El crecimiento del consumo de energía y materiales es la causa principal del incremento de gases de efecto invernadero (GEI), pero los desarrollos tecnológicos que permiten mejoras en la eficiencia y el cambio hacia fuentes de energía bajas en emisiones no bastan.

El Informe también subrayaba que el calentamiento global asociado a los distintos escenarios de emisiones publicados oscila entre menos de 1,5ºC y más de 5ºC para el año 2100, en comparación con los niveles preindustriales. Aumentar solo dos grados provocaría una inestabilidad climática imposible de gestionar, y el riesgo para la vida sería enorme. El problema es que la trayectoria actual no solo va directa a sobrepasar esos dos grados, sino que desatará aún más los temidos mecanismos de retroalimentación, que, de no accionar sin dilación los frenos de emergencia del sistema, nos llevarían a un cambio climático ya absolutamente desbocado. Otro aspecto sobre el que inciden también los autores en varios puntos del libro es que aceptar los escenarios de mitigación supone aceptar implícitamente pérdidas del PIB. En el fondo, se admite lo que decía la propia Agencia Europea del Medio Ambiente: la preservación ambiental no es compatible con el crecimiento económico. Los escenarios antes mencionados no suponen una disminución del bienestar, pero sí un abastecimiento de mejores servicios, según el Informe. Esto es lo que Turiel y Bordera llaman escenario de adaptación al decrecimiento. En otros términos, la única “solución” tanto para la transición energética como para la emergencia climática pasa por asumir que seguir creciendo sin causar más daño es imposible, y en consecuencia hay que planificar una estabilización y/o un decrecimiento de la esfera material. Repartir para vivir bien, pero dentro de los límites. La segunda filtración se refiere al segundo borrador del Grupo III del IPCC, el encargado de las propuestas de mitigación, y afirma, en línea con el anterior, que hay que apartarse del capitalismo actual para no traspasar los límites planetarios. Aquí la duda es: ¿cómo hacemos para que la inevitable transición sea percibida como un beneficio, y no como una renuncia?

No hay otra posibilidad que renunciar al crecimiento indefinido, y el informe filtrado lo menciona. La transición ha de tener en cuenta las diferencias culturales e históricas de emisiones entre países, las diferencias entre el mundo rural y el urbano para no beneficiar a uno sobre otro y, sobre todo, las tremendas y crecientes desigualdades económicas entre los cada vez más pobres y los cada vez más obscenamente ricos. Tal y como subrayan varias veces los autores, o se atajan estas tres dicotomías, o la transición tendrá más enemigos que apoyos y se saboteará a sí misma. A partir de aquí, el mensaje que deja el libro es que es necesario moverse entre la conciencia de la realidad y la activación de la imaginación para proyectar escenarios sociales y ambientales viables, justos y deseados, porque, aunque es otoño, «la vida puede reventar en primavera».

Ese hilo de esperanza lo teje muy hábil y literariamente también Yayo Herrero en el segundo libro objeto de esta reseña, Ausencias y extravíos, porque, tal y como escribe Santiago Alba Rico en el prólogo al libro, la autora «siempre encomienda una tarea, pero señala también una salida; nunca paraliza». El libro está organizado alrededor de seis textos en los que Yayo Herrero expresa y advierte, con rigor ingenieril y placer literario, sobre las contradicciones y los peligros que atraviesan una sociedad que habita un planeta finito inmerso en una profunda crisis civilizatoria.

A la habitual solvencia científica y capacidad pedagógica de la autora, el texto sorprende apareciendo repleto de notables y famosas referencias literarias, uso de términos y de imágenes evocadoras, que hacen aún más amena la lectura y la comprensión del mensaje. Su mapa de advertencias y reflexiones empieza con el “síndrome del astronauta” a través del cual nos describe con acierto una sociedad, la nuestra, que «ha crecido y se ha expandido en ausencia de gravedad y extravío del equilibrio, pero ahora, en esta fase de aterrizaje forzoso al que nos aboca la crisis ecosocial, se ve obligada a reducir abruptamente el tamaño que adquirió en condiciones artificiales». Tomar tierra, concluye el primer texto, representaría pues una “insurrección cultural”.

El segundo capítulo del libro nos recuerda que si perdemos el miedo nos alejaremos también del valor, y esto sería una forma de locura y el peor de los errores. Herrero, frente a la anestesia del capitalismo y la doctrina del shock, que insinúa un terror paralizador, revindica el carácter saludable del miedo como primera condición del valor y el impulso al coraje.

En el capítulo tres, a través de la novela El bosque infinito, nos habla de la no percepción de los límites, de un horizonte hasta el infinito que genera la visión de un ser humano autótrofo, no vulnerable, no interdependiente. En ausencias de límites físicos, las matemáticas se extravían y nos alejan de la reivindicación de restar y dividir (un ejercicio de amor), imponiendo solo sumas y multiplicaciones.

Con el abandono de los lazos, se extravía el conocimiento, nos recuerda Herrero en el cuarto capítulo, y manifiesta la exigencia de “crear” una ciencia natural y, sobre todo, social que piense en la naturaleza desde dentro, sin intentar dominarla, aliándose con ella. Unas ciencias terrícolas capaces de desacelerar los excesos cometidos por la propia ciencia “alienígena”.

Las últimas partes (la quinta y la sexta) que componen el libro contienen, en mi opinión, junto con el primer capítulo, las aportaciones más profundas y románticamente rebeldes de todo el texto. En el capítulo cinco, la autora vincula la ausencia de la memoria al extravío de la imaginación. Sin memoria, no se pueden volver a pasar las cosas por el corazón, anticipar el futuro y procesar las respuestas precisas. Sin imaginación no es posible anticipar futuros deseables. Memoria, imaginación, sentimientos, empatía y atención llegan a ser las piezas fundamentales porque sin ellos, no hay cuidado, ni precaución, ni moral, ni política, ni derechos. En ausencia de la memoria disminuyen las posibilidades para distinguir lo bueno de lo malo, lo útil y lo desmesurado, lo bello y lo monstruoso. En definitiva, la memoria es rescate, nos dice la autora. Sin asomarnos a la memoria, el pasado es un ancla que impide mirar al futuro.

Finalmente, todo el hilo construido y los nudos desenredados por Herrero a través de las primeras cinco entregas culminan en una advertencia fundamental que la corrupción y las falsas promesas del capitalismo nos hace olvidar: si se renuncia a la responsabilidad, se renuncia al mismo tiempo a la esperanza. Y esto no nos lo podemos permitir. Así, explorando y usando de manera impecable la magnífica obra de Mary Shelly, Frankestein, la autora evidencia con toda claridad el gran problema de nuestro tiempo. La sociedad de la desmesura que no se responsabiliza de las consecuencias de sus actos, que huye de los problemas y los conflictos y se desespera cuando le estallan en la cara. Sin responsabilidad no existe fuerza, potencia y capacidad de hacer. La ausencia de responsabilidad se convierte pues, como en Frankestein, en desamor. La idea que nos deja la autora al final del libro dice así: «responsabilidad y esperanza activa contra los monstruos del desamor». Esta frase cierra el mapa que nos puede guiar para ser conscientes de lo que aún podemos hacer y cómo hacerlo para que nuestra sociedad de alienígenas se convierta en terrícola. Herrero nos enseña, pues, que solo sintiendo, aunque dolorosamente, esas ausencias dentro de nuestra sociedad, encontraremos la vía para rescatar el extravío de la cordura común.

Reseña elaborada por Monica Di Donato, miembro de FUHEM Ecosocial y publicada en el número 158 de la revista Papeles de relaciones ecosociales y cambio global.

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